El artista boricua regresó a “El Chamán”, una obra que pintó hace nueve años, para demostrar que el arte también crece, cambia y evoluciona junto a la comunidad.
Hay murales que decoran una pared. Y hay otros que terminan convirtiéndose en parte del barrio.
Eso fue precisamente lo que pasó con “El Chamán”, la gigantesca obra que el artista puertorriqueño Don RIMX pintó en Orlando en 2017 y que hoy, casi una década después, vuelve a cobrar vida gracias al proyecto Neighborhue, una iniciativa de vitaminwater que apuesta por refrescar y expandir murales emblemáticos de comunidades latinas en Estados Unidos.
Pero esto no es un simple retoque de pintura, es una conversación entre el pasado y el presente.
Del caserío al mundo
Mucho antes de pintar edificios completos en ciudades de América Latina, África y Estados Unidos, Don RIMX, cuyo nombre de pila es Edwin Sepúlveda, era un chamaquito caminando por los pasillos del residencial Nemesio R. Canales, en San Juan.
Allí nació todo. Un pana le presentó la cultura del hip hop, compraron un par de latas de pintura y salieron a experimentar.
Curiosamente, su primer graffiti ni siquiera llevaba su nombre.
Solo escribió dos palabras.
“I AM”.
Ese momento cambió su vida para siempre. Años después escogería el nombre artístico que hoy es reconocido en escenarios internacionales.
Un boricua que pinta puentes, no paredes
Desde que salió de Puerto Rico, Don RIMX ha llevado su arte por lugares tan distintos como Quito, Sierra Leona, Nueva York, Miami y decenas de ciudades más. Pero asegura que nunca viaja únicamente para pintar.
Viaja para escuchar, para aprender, para absorber la cultura del lugar. Y luego devolverle ese aprendizaje convertido en arte.
“Cada viaje me hizo más humilde”, cuenta el artista, quien asegura que su misión siempre ha sido construir puentes culturales entre Puerto Rico y el resto del mundo.
Ese intercambio se refleja en cada una de sus obras, donde las texturas inspiradas en ladrillos y madera conviven con explosiones de colores y patrones geométricos que ya forman parte de su sello artístico.
El mural que se negó a desaparecer
Cuando Don RIMX pintó “El Chamán” en 2017, jamás imaginó que nueve años después seguiría formando parte del paisaje de Orlando.
Para alguien que comenzó haciendo graffiti, eso es casi un milagro.
“Yo crecí pensando que lo que pintabas hoy podía desaparecer mañana. Que un mural durara un año ya era mucho. Dos años era increíble… pero nueve años… eso es otra cosa”
recuerda.
Por eso regresar a la obra tiene un significado especial, no viene a borrar lo que hizo. Viene a seguir escribiendo la historia.
Cuando el barrio también agarra la brocha
Una de las cosas que más recuerda del proceso original fue la gente. Mientras avanzaba el mural, vecinos comenzaron a acercarse.
Unos observaban, otros hacían preguntas.
Algunos terminaban ayudando, sin darse cuenta, la pared se convirtió en punto de encuentro.
“Ahí es donde pasa la magia”, explica.
“Personas que probablemente nunca se hubieran conocido terminan compartiendo, aprendiendo y creando juntas.”
Para Don RIMX, ese siempre ha sido el verdadero propósito del arte urbano.
No llenar paredes. Sino romper las que existen entre las personas.
El arte también envejece, y eso está brutal
La nueva edición de Neighborhue no busca restaurar los murales para que se vean exactamente como antes. La idea es permitir que evolucionen junto con el vecindario.
Que reflejen el presente sin perder la esencia con la que fueron creados. Y eso fue exactamente lo que hizo Don RIMX con “El Chamán”.
Le añadió nuevas capas, nuevos detalles y nuevas historias sin borrar la energía que ha acompañado esa pared durante casi una década.
Porque, según él, cuando una obra nace desde el corazón, nunca deja de crecer.
Mucho más que pintura
En tiempos donde muchas ciudades luchan por conservar su identidad, artistas como Don RIMX recuerdan que un mural puede ser mucho más que una obra bonita para tomarse una foto.
Puede convertirse en un símbolo de pertenencia. En un punto de encuentro.
En una conversación permanente entre generaciones. Desde un caserío en San Juan hasta una pared en Orlando, Don RIMX sigue llevando el nombre de Puerto Rico con orgullo, demostrando que el talento boricua no solo deja huellas…
También deja color, comunidad y razones para mirar las paredes con otros ojos.












