La exreina universal celebra en la isla, salta de la corona al balón y revela que pedirle a Dios este momento fue su oración más bonita.
El ambiente estaba cargado de emoción desde el primer “Hey, hey, hey”. Pamela la presenta, “me encuentro con la cumpleañera Zuleika, felicidades”. Y ahí comienza el hechizo, es su cumpleaños, y ella lo celebra en casa, en Puerto Rico, rodeada de quienes le aman, de luces, de flashazos, de calor caribeño.
“Gracias, gracias por sacar de tu tiempo, felicitarme… estoy muy feliz de estar en Puerto Rico celebrando mi cumpleaños.”
Pero esto no fue un encuentro cualquiera. Zuleyka Rivera —la reina que levantó la corona de Miss Universe hace años— llega con flow, con vibra deportiva, jugando y mezclando belleza con pasión de cancha.
Cuando le preguntan cómo se siente hoy en un ambiente de baloncesto, ella suelta sin titubeos:
“Y jugando baloncesto es lo mío, sobre todo es lo mío.”
Y por si alguien dudaba de que el deporte y la elegancia pueden coexistir, Zuleyka dice que su hijo es quien la pone en forma:
“Mañana tengo a las 9 de la mañana un juego de baloncesto de mi hijo… le dije, Papi, me tienes que cochar”.
Entre risas y gestos de complicidad, ella misma se motiva.
Pero lo más profundo vino cuando se toca el tema de su regreso como figura en Puerto Rico. La entrevista pregunta: “Miss Universe llega a Puerto Rico… ¿cómo te sientes… la Compañía de Turismo… oye tantas cosas llegando aquí?” Ella responde como quien revela un anhelo cumplido:
“Esto es algo que yo le pedí mucho a Dios… llevaba mucho tiempo con ese deseo de poder hacerlo, y sucedió mucho antes de lo que pensaba. Cuando salió la noticia, dije: ‘qué alegría para Puerto Rico’… me siento muy orgullosa, muy honrada… aquí dispuesta y disponible para apoyar y aportar en lo que se pueda.”
En otras palabras, Zuleyka no volvió solo para saludar, sino para sumarle, para caminar con Puerto Rico en esa ruta de brillo nacional e internacional.
Zuleyka no vino de visita, llegó para quedarse con corona y cancha en una sola mano. En su cumpleaños, nos recuerda que la belleza no solo se lleva en lo físico; se juega con el corazón, se pisa la tabla y se suelta con humildad. Y así como ella pide la bendición de Dios para sus deseos, le devuelve a la isla presencia, compromiso y brillo propio.










