El cerebro y el corazón de El Gran Combo partió a los 99 años, cerrando un capítulo gigante de la música boricua
Se nos fue Rafael Ithier, el caballo de los caballos, el pianista que no solo tocaba teclas, sino que encendía espíritus. El fundador, arquitecto y padrino del sonido más boricua que existe murió hoy a los 99 años, tranquilo en su hogar, cerrando un ciclo de nueve décadas en las que sembró disciplina, ritmo y una cultura entera. Su familia confirmó que fue una muerte natural, luego de recuperarse de una pulmonía que lo había sacado de carrera por unas semanas.
Y mira el timing, mano. Ithier se nos va justo un día antes del especial del Banco Popular, donde El Gran Combo se va a lucir como siempre. Pero así es la vida, la música sigue, aunque la leyenda haya completado su último tumbao.
El Mulato Mayor, el tipo que inventó un sonido
Decir “Rafael Ithier” es decir salsa con ADN boricua. El hombre no solo fundó El Gran Combo en el ‘62, sino que lo convirtió en algo más grande que una orquesta. Una escuela. Una casa. Un laboratorio de genios. “La Universidad de la Salsa” no es un apodo; es un hecho histórico. Por ahí pasaron Andy Montañez, Charlie Aponte, Jerry Rivas, Papo Rosario, e incontables músicos que luego brillaron por su cuenta, pero siempre con ese sello Ithier en la sangre.
Nació en Puerta de Tierra, se crió en Monacillos, y desde chamaquito ya venía afinado. A los 10 años estaba tocando guitarra; después, el piano se volvió su pasaporte al mundo. Pasó por el Conjunto Hawaiano y por el combo de Cortijo, hasta que le tocó fundar lo que sería su misión de vida.
Y mira esto, la gente quería ponerle su nombre a la orquesta, y él dijo que no. Él mismo pensaba que la banda no iba a durar ni medio año. Pues toma, maestro, 63 años después, El Gran Combo sigue siendo leyenda viviente.
Más que músico, un sensei de disciplina y corazón
Lo de Ithier no era solo música. Era filosofía. Era orden. Era respeto. Ithier corrió El Gran Combo como una familia seria, con compromiso y excelencia. Y no era de los que predican sin hacer, hasta casi sus 100 años caminaba diario, comía bien, era organizado y consciente del cuerpo. “Nunca he sido un tembleque”, decía entre risas. Y claro que no. Era un roble.
Con más de 70 discos grabados, giras por el mundo entero y millones de fanáticos, Ithier moldeó generaciones completas con su ejemplo. Dondequiera que sonó “Un Verano en Nueva York”, “Brujería” o “Fiesta de Pilito”, ahí estuvo él, invisible pero omnipresente, marcando el compás.
Un legado que no termina con su partida
Este año la UPR lo reconoció con un doctorado honoris causa, un honor que le quedaba perfecto a alguien que educó a Puerto Rico a puro ritmo. Su obra trascendió fronteras, Colombia, Perú, Panamá, RD, Venezuela, México, Estados Unidos… donde hay salsa, Está Ithier.
Le sobreviven su esposa Carmen Soto, sus hijos Carlos y Pedro, y sus hijas Thelma, Mérida, Ivonne y Maritza. Pero también le sobreviven millones de salseros que crecieron, sanaron, gozaron y lloraron con su música.
Desde 1962, El Gran Combo ha sido banda sonora de navidades, protestas, amores, desamores, bautizos, borracheras y hasta limpiezas de casa. Ithier no solo tocaba; él definió cómo suena el Caribe.
Hoy Puerto Rico llora, pero también celebra. Porque no todos los días nace un genio capaz de darle identidad a un pueblo entero.
En La Magazine le hacemos un tributo, porque Rafael Ithier no murió. Simplemente cambió de tarima. Y desde donde esté, seguimos seguros de algo. El Gran Combo sigue tocando. Y el Mulato Mayor… sigue dirigiendo.










