Si alguien todavía tenía dudas de que Carlos Vives juega en la liga de los artistas que no envejecen, el viernes por la noche quedó clarito en el Choliseo.
El colombiano aterrizó en Puerto Rico para cerrar la primera etapa de su Tour al Sol y lo que montó fue una descarga musical que parecía una mezcla entre carnaval, festival de pueblo, parranda playera y reunión familiar caribeña. Desde que arrancó con “Volví a Nacer”, “La Bicicleta” y “Ella es Mi Fiesta”, el público entendió que sentarse iba a ser opcional. Vives no vino a cantar canciones. Vino a contar una historia.
La producción estuvo diseñada como un recorrido alrededor del Sol, con visuales gigantes que simulaban amaneceres, mediodías y atardeceres mientras sonaban algunos de los temas más importantes de una carrera que lleva más de tres décadas repartiendo vallenato por el mundo.
Pero aquí entre nosotros, el verdadero protagonista de la noche fue el Caribe. Porque cuando Carlos Vives se para en Puerto Rico, la cosa es diferente. El hombre tiene historia con esta isla. Aquí nacieron dos de sus hijos. Aquí vivió parte de su vida. Aquí tiene amigos que considera familia. Y eso se sintió durante todo el concierto.
Cuando llegó el momento de sacar los clásicos pesados, aquello parecía una competencia para ver quién cantaba más duro. “La Hamaca Grande”, “La Gota Fría”, “Pa’ Mayté”, “Carito”, “Fruta Fresca” y “La Tierra del Olvido” provocaron coros masivos que prácticamente hicieron el trabajo por él.
Uno de los momentos más duros de la noche llegó cuando presentó al acordeonista y Rey Vallenato Christian Camilo. El tipo agarró el acordeón y empezó a repartir notas como si aquello fuera una extensión de su cuerpo. El público respondió con una ovación de esas que no se compran ni se ensayan.
Pero si hubo una sorpresa que puso a brincar a la gente fue la aparición de Plena Libre.
De momento, “Canción Bonita” se transformó en una descarga donde el vallenato colombiano se encontró de frente con la plena puertorriqueña. Un junte tan natural que parecía que llevaba años ocurriendo. El Choliseo se convirtió en una sola pista de baile y nadie quería que terminara.
Carlos también aprovechó para darle flores a la música boricua y recordó que Puerto Rico ha sido una influencia enorme en su carrera. Según dijo, la música de la isla ha enriquecido su sonido y forma parte de la identidad artística que ha construido durante décadas.
La noche siguió subiendo de temperatura cuando el cantante reconoció entre el público a Gilbertito Santa Rosa. La cámara enfocó al Caballero de la Salsa y el Choliseo reaccionó como si hubiera entrado otro artista al escenario.
Más adelante apareció Sergio George para compartir uno de los segmentos más celebrados de la noche, mientras la cantante colombiana Juliana también recibió una gran bienvenida por parte del público.
El cantazo emocional llegó cerca del final.
Cuando apareció Lucy Vives para cantar “Fruta Fresca” junto a su padre, el ambiente cambió por completo. Ya no era un concierto gigante. Era un momento familiar compartido entre miles de personas. Y sí, más de uno terminó limpiándose los ojos mientras cantaba.
Para rematar, Carlos recordó que parte de los recaudos de la gira se destinan a los proyectos sociales de su Fundación Tras La Perla, organización que trabaja por el desarrollo de Santa Marta, la ciudad que lo vio nacer.
Al final de la noche quedó claro que Carlos Vives no vino a despedir una gira. Vino a celebrar una relación de amor que lleva décadas construyendo con Puerto Rico. Y el Choliseo, como de costumbre, le devolvió el cariño multiplicado por miles.







