Tenía 97 años y llevaba más de siete décadas convirtiendo obsesiones, alucinaciones, espejos, calabazas y lunares en un universo que terminó hablando un idioma que todo el planeta entendió. Yayoi Kusama murió en Tokio, pero dejó tantos puntos regados por el mundo que desaparecer del todo parece imposible.
La legendaria artista japonesa murió el pasado 14 de agosto en un hospital de Tokio a los 97 años, aunque la noticia fue anunciada oficialmente el 27 de agosto por su estudio. La causa de muerte no fue revelada. Según el comunicado, Kusama continuó pintando prácticamente hasta el final de su vida, todavía explorando esas ideas que la acompañaron durante décadas: el infinito, el amor y la eternidad.
Los puntos estaban ahí antes de Instagram
Nacida en Matsumoto, Japón, en 1929, Kusama comenzó a pintar siendo niña mientras experimentaba alucinaciones visuales y auditivas. Veía patrones que parecían multiplicarse y tragarse todo lo que estaba alrededor.
Lo que para cualquiera habría sido aterrador, ella terminó convirtiéndolo en materia prima.
Llegaron las redes infinitas, los lunares, las formas repetidas, las calabazas gigantes y eventualmente sus famosas Infinity Mirror Rooms, espacios cubiertos de espejos y luces donde uno entra y termina flotando visualmente dentro de algo que parece no tener principio ni final.
Décadas antes de que existiera la obsesión por tomarse una foto dentro de una instalación inmersiva, Kusama ya estaba construyendo lugares donde el espectador formaba parte de la obra.
Se metió en Nueva York y revolcó la escena
En 1958 se mudó a Nueva York y cayó en medio de una escena artística que estaba hirviendo. Allí desarrolló sus enormes Infinity Nets, esculturas, instalaciones, performances y acciones públicas contra la guerra de Vietnam.
En 1966 apareció sin invitación oficial en los alrededores de la Bienal de Venecia con Narcissus Garden: unas 1,500 esferas reflectantes que comenzó a vender al público como una provocación directa contra la comercialización del arte. Los organizadores eventualmente le ordenaron detener la venta. Kusama, como era de esperarse, ya había conseguido que todo el mundo estuviera hablando de ella.
Ese era su flow: si la puerta estaba cerrada, ella montaba la exposición afuera.
Vivir dentro de su propio universo
Kusama regresó a Japón en 1973 y, desde 1977, vivió voluntariamente en una institución psiquiátrica mientras continuaba trabajando diariamente en su estudio cercano. Sus problemas de salud mental nunca fueron un pie de página dentro de su historia: estuvieron profundamente conectados con la manera en que entendía y producía su obra.
Y siguió creando. Pintó, escribió novelas y poesía, hizo esculturas, instalaciones y películas. Sus obras llegaron al MoMA, Tate Modern y algunos de los museos más importantes del planeta. Sus colaboraciones con Louis Vuitton llevaron sus puntos hasta vitrinas, bolsos y fachadas, mientras las nuevas generaciones convertían sus instalaciones en fenómenos culturales.
La dimensión de su popularidad seguía creciendo incluso pasados los 90 años: una retrospectiva realizada en Melbourne entre diciembre de 2024 y abril de 2025 reunió más de 570,000 visitantes, estableciendo un récord de asistencia para la National Gallery of Victoria.
Y ahí quizá está la mejor manera de entender a Yayoi Kusama.
Pasó buena parte de su vida intentando representar el infinito y terminó consiguiendo algo bastante parecido, una obra que parece no acabarse nunca.











